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Radiohead : Consagrando la primavera

Si uno de los avatares posibles de la seducción es la coqueta fría -estilo Andy Warhol, acota Robert Green-, Kraftwerk son la perfecta manifestación de la seducción por el rechazo : reacios a las emociones, apenas alteran sus posturas, no parecen moverse un ápice de su posición ante las computadoras en pedestales. La calidez está en otra parte : en las proyecciones de figuras geométricas, iconos y secuencias que insisten en reiterar que Kraftwerk, alguna vez un grupo de avanzada que avizoraba el pop del año 2000 -dominado por computadoras y voces sin matices-, se ha convertido en un grupo de retrofuturismo.

Hay una perfección en su concierto acorde a esa ambición robótica y maquínica. No hay respiro, silencios o titubeos. Dura sesenta minutos sin apenas tiempo muerto en las transiciones. El diseño del concierto muestra una progresiva complejidad. Comienza con melodías simples y mecánicas hasta lograr uno de los momentos cumbres en el soul tecno, sin cuya lección Pet Shop Boys, Soft Cell y claro, los robots ingenuos de Daft Punk, no habrían nunca existido. Soul que permite la transición hacia la mejor canción del grupo : “Radio Activity”, clímax de su set, pasando antes por “TransEurope Express”. Una nota irónica : el grupo toma un respiro y en su lugar quedan maniquís -la diferencia no es mucha, excepto porque los maniquís sí mueven las manos. Suenan las notas de “Los robots” y en la pantalla se lee, “estamos recargando nuestras baterías”. Tras asentar que la música no se detiene (“Music Non Stop”), como emblemático corolario a un grupo cuya aspiración es el continuo, este cuarteto de modesta perfección se permite un gesto simpático. Mientras descienden del escenario, Ralf Hütter dice “Gute Nacht”, buenas noches.

Intervalo de cuarenta y cinco minutos de reggae minimalista sonando en las bocinas, antes de que se apaguen las luces, salte el bajista Colin Greenwood -cuya función parece la de un caballerando : es el primero, siempre, en salir levantando los brazos y aplaudiendo-, y tras él Ed O’Brien de saco oscuro, Thom Yorke con una camisa de manga larga de rayas, Jonny Greenwood de blanco. La multitud reacciona como una serpiente atraída por las percusiones : se mueve, empuja, brinca. Abren con “15 steps” de In Rainbows. Pero es con “There There”, precedida por un “Hola” de Yorke, que el concierto comienza propiamente. Al escuchar los primeros acordes, el público exclama “No mames, no mames”, una chica agita sus puñetes y parece llorar mientras en otra parte un chico abraza a su novia que lo mira agradecida, quizá sea el oculto demiurgo que permite que escuchemos esa canción de doble percusión. Es la primera canción que la tímida, aún incrédula diríamos, multitud corea tibiamente. Y grita cuando Yorke, a la mitad, mueve sus manos como monito maraquero emulando los movimientos de esa otra coqueta fría llamada Ian Curtis.

No hay transición. Las luces cambian de los tonos cálidos eléctricos del principio a tonos cálidos y envolventes en una gama más oscura. Los músicos se perciben ahora menos nítidamente, son siluetas. Yorke coge la guitarra, cambian la distribución, se rotan como en un equipo de voleibol, y mientras Greenwood toma el Ondas Martenot, Yorke se desplaza hacia la izquierda y O’Brien se adelanta. Un riff, un ulular, los acordes violentos y ese clima de caos seductor de “National Anthem” invade el escenario y el público corea : “It’s holding on”.

Si el concierto de Kraftwerk está diseñado para trazar una historia no evolutiva ni cronológica del grupo, sino para asentar que el minimalismo de los 8 bites no impide la complejidad en la composición que se advierte en “Radioactivity”, el set de Radiohead parte de una sencilla distribución : dos canciones lentas, seguidas de una canción o altamente representativa (digamos “Karma Police” o “How to Disappear Completely”) o rockera, a condición de entender que el rock de este último Radiohead, el que va con la década, se sustenta en los efectos percusivos del jazz y el dodecafonismo.

Si Kraftwerk muestra un paisaje que va del tecno minimal al tecno soul orquestal, Radiohead da una versión de su historia con In Rainbows como significador. Y el sentido que se desprende de esta tirada de cartas es que Radiohead ha dejado de ser una banda de rock, aunque lo parezca y aunque Thom Yorke haya transformado el concepto de estrella de rock con su aspecto de Gollum con pelo, para convertirse en una suerte de intérprete pop de los climas contemporáneos. Retoman, asimilan los conceptos de Messiaen, Penderecki, Pärt, Reich, Stravinski, y los entreveran con jazz y ruido. La grandeza del concierto de Radiohead es proporcional a sus cambios de ritmo, a su fuerza percusiva, a la violencia con que O’Brien o Greenwood emprenden los acordes. A diferencia de grupos precedentes no evoca el virtuosismo de la música clásica ni busca su grandeza en las letras -qué grandeza existe en un grupo que ha convertido a la reticencia y el laconismo en sus aliados- sino que persigue un clima que va de la suite y el lamento sublime al ruido y el frenesí ritual a través de toda clase de percusiones, como discípulos inesperados de Robert Wyatt. Incluyendo el minimalismo electrónico de Kraftwerk -toda elección es siempre un reconocimiento. El punk comenzó eliminando los acentos africanos del rock, Radiohead ha descubierto que hay otro percusionismo ritual : el del chamanismo que Stravinski reelaboró en La Consagración de la Primavera y que Penderecki encausa hacia un sentido místico.

Tras una serie de picos y de bien llevadas mesetas, con crestas en “Karma Police”, “There There”, “Kid A”, “Climbing Up The Walls”, Radiohead desapareció. Llevaban setenta y cinco minutos de concierto. Los reportes del primer concierto hablaban de más de dos horas de actuación. Regresaron para un primer encore con cuatro generosas canciones encabezadas por “Paranoid Android”. Desaparecieron pero una segunda demanda los regresó para un segundo encore donde dominó la actuación de Yorke al piano emprendiendo “Like Spinning Plates”, encanto roto por los acordes de “Reckoner”, fiel a esa secuencia de no insistir en un solo estado de ánimo ni en un compás. El tercer encore llegó con una ilusión. Varios en la masa pedían “Creep”. Unos jóvenes insistían en que sólo habían ido para escucharla. Y en efecto, no cantaron ninguna canción, ni brincaron, no se estremecieron cuando Yorke contó uno, dos, tres, cuatro y emprendió los acordes sexysadiescos de “Karma Police”, ni se emocionaron cuando Yorke agitó su desmadejado cuerpo y pedaleó al compás de “Idioteque”.

Tras interpretar el último encore, después de ocho canciones -lo que revela que el concierto de Radiohead es un set de dieciséis canciones más otro set de ocho distribuido en tres encore-, pensé que era el final. Yorke ya se había despedido. Pero entonces Yorke murmuró : “This is the last night”, y se escucharon los conocidos acordes con guitarra acústica en Do, Mi, Fa... La multitud, que había coreado tantos himnos, que había llorado al reconocer las canciones de In Rainbows, se agitó. When you were here before. Se empujaron las cabezas. Couldn’t look you in the eye. Los encendedores emitieron su guiño a las estrellas y dirigieron los rumbos de los helicópteros y aviones. You’re just like an angel. Y una sola voz coreó : But I’m a creep, I’m a weirdo. Muchas personas lloraban. Yorke, Radiohead, mostraba su amor rindiéndose, aceptando tocar la canción que los hizo famosos y que por eso detestan. Una canción que ya nada tiene que ver con ellos pero que nunca dejará de ser ellos.

Cuando Paul McCartney vino a México en 2002 tocó “Eleanor Rigby”, por primera vez desde los sesenta. Ahora Radiohead interpreta “Creep”, que sólo aparece esporádicamente en su setlist y que desde 1998 no tocaban hasta que la interpretaron en Oxford, en 2001. Bastaría este gesto para asentar en la memoria del pop este concierto, este segundo concierto. Pero ese concierto ya es indeleble en la memoria, en la sensibilidad, en esa piel que escucha aún los trémolos y falsetes de un Yorke persiguiendo la etérea belleza de un Pärt y siente aún en sus venas las palpitaciones sincopadas de un jazz postmoderno que persigue la comunión a través de un baile único, solitario.

  • José Homero